Opinión, hecho y derecho a opinar – .

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Hace unos días intentaba explicar a niñas y niños de doce años la diferencia entre una opinión y un hecho. Creo que es fundamental abordar estas cuestiones en las aulas desde edades tempranas, porque resulta desalentador ver cómo en el espacio cívico proliferan ciudadanos que no acotan ambas dimensiones a la hora de expresar su opinión. Esta falta de distinción perjudica y paraliza significativamente la conversación pública, pero también las relaciones interpersonales. Repito a mis jóvenes alumnos que cada vez que expresen públicamente su voz deben intentar filtrar por el tamiz reflexivo lo que van a decir para que quienes les escuchen no se vean abocados al bochorno de escuchar opiniones sin fundamento alguno. Este deber personal exige cuidado y consideración por lo que se ha decidido expresar, pero también por la inteligencia que siempre debemos presuponer en las personas con las que lo compartimos. Uno de los escollos más habituales que se dan en el régimen discursivo radica en convertir una opinión en un hecho. El otro es su inverso. Utilizar un hecho (sobre todo en diálogos altamente agonísticos) para reivindicar que la opinión expresada es una entidad verificable. Desenredemos estos hábitos nocivos y el deterioro discursivo que provocan.

Una opinión es un punto de vista personal sobre un asunto. Ortega y Gasset escribió que cada persona es una perspectiva del universo, una afirmación que resume de forma hermosa y audaz lo que significa hacer valoraciones sobre cualquier asunto. Por el contrario, un hecho es algo que sucede o ha sucedido y que puede demostrarse. Si alguien relata un hecho, o lo atribuye a un tercero, debe aceptar presentar las pruebas que confirmen que el hecho es cierto. Es muy fácil demostrar y documentar hechos probados, lo que parece extremadamente difícil es no caer en la tentación de aderezarlos con la opinión. Sucede que la mayoría de las veces en nuestras conversaciones no se señalan hechos, sino sus interpretaciones, que no es otra cosa que la opinión que tenemos sobre ellos. Las opiniones no se pueden demostrar, aunque sí se pueden y se deben argumentar. Paradójicamente, tendemos a pedir pruebas a quienes comparten una opinión, cayendo así en un profundo principio de contradicción, y si quien opina no ve la aporía en la que ha sido discursivamente confinado, la conversación se tornará bizantina y agotadoramente interminable. Éste es el éxito de muchas discusiones deportivas (y por extensión también políticas, literarias, artísticas y musicales). En ellas se exigen juicios demostrativos a quienes simplemente han expuesto su punto de vista y, por tanto, sólo pueden presentar juicios deliberativos. De ahí surgen muchos diálogos absurdos.

Pero el embrollo no acaba aquí, sino que acaba de empezar. Hay un tercer vector cuyos límites conviene definir con claridad para evitar el peligroso empobrecimiento de las ideas. El derecho a expresar una opinión debe estar claramente separado del contenido de la opinión cuando se ejerce ese derecho. No es perjudicial mostrar divergencia, pero puede ser muy perjudicial negar el derecho a expresarla. Hay que añadir que el derecho a expresar una opinión conlleva el deber de consentir que se replique sin que nadie sea víctima de ella. En innumerables ocasiones escuchamos en el ágora afirmaciones tan absurdas como “es mi opinión y tengo derecho a que se respete”, “respeto tanto tu opinión como el derecho a opinar”, “no comparto lo que dices, pero lo respeto”, o aquella que suele arruinar cualquier conversación que aspire a establecer un ápice de racionalidad: “yo tengo mis razones y tú tienes las tuyas, y si yo respeto las tuyas, tú respetas las mías”. La pedagogía del diálogo nos advierte que se trata de disparates discursivos que conviene sustituir por enunciados coherentes. Propongo algunos. “Es mi opinión, pero como he hecho uso público de ella, tienes derecho a rebatirla si no la compartes”. “Respeto que tengas una opinión independientemente de que luego yo esté o no de acuerdo con lo que tu opinión contenga”. “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero creo que es imprescindible que la ley te proteja para que puedas decirlo”. “En efecto, tú tienes tus razones y yo tengo las mías, pero las cuestionamos juntos no para elegir las tuyas o las mías, sino para que a través del diálogo podamos obtener recíprocamente otras mejores”.

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Fotografía: Espacio de suma no nula. Obra de William La Chace

 
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