El debate que temían los demócratas -con y sin mayúsculas- – El Financiero – .

El debate que temían los demócratas -con y sin mayúsculas- – El Financiero – .
El debate que temían los demócratas -con y sin mayúsculas- – El Financiero – .

No cabe duda de que el debate presidencial del jueves pasado fue una debacle para Biden. Las razones –ya sea su edad, su ronquera, los medicamentos que le pudieron haber recetado para combatir su resfriado, la preparación excesiva o los moderadores que no moderaron– hoy tienen poca importancia. Y dejemos de lado por un momento toda la manipulación psicológica y mediática –la llamada luz de gas– Tanto los tirios como los troyanos prevalecen en el contexto político y mediático estadounidense en este momento. Las preguntas esenciales después del debate son claramente: ¿cómo se han visto afectadas las posibilidades de Biden de vencer a Trump en noviembre? ¿Puede el presidente recuperarse? Si es así, ¿puede persuadir a suficientes votantes en las próximas semanas para que olviden lo que presenciaron el jueves por la noche y lo miren con una perspectiva nueva y reevalúen si tiene la fortaleza física y mental para cumplir otros cuatro años en el cargo? Y si se concluye que ya no puede ganar, ¿hay algo que se pueda hacer al respecto a cuatro meses de las elecciones?

Empecemos, como en la mayoría de los casos, por el principio. La razón primordial para volver a presentarse a las elecciones fue que Biden sentía, en el fondo, que podía ganar. Detesta a Trump (el odio que lo anima era palpable el jueves) y considera que su misión y su legado es detener a Trump y su subversión MAGA. Lo hizo dos veces, en las elecciones generales de 2020 y en las elecciones intermedias de 2022, y pensó que podía hacerlo de nuevo. Siempre recalqué que Biden tenía la oportunidad después de las elecciones intermedias de anunciar -como había insinuado durante su campaña a la presidencia- que sería un presidente de un solo mandato, pasando el testigo a una nueva generación de políticos demócratas. Pero al final del día, una vez que quedó claro que Trump volvería a presentarse, lo que más le pesó fue la creencia de que no había nadie que pudiera hacerlo mejor. Y tenía razón. El hecho es que Biden no tenía un heredero obvio en ese momento. Biden no sólo tuvo que reconstruir la coalición centrista que le permitió derrotar a Trump, algo que sólo un par de posibles reemplazos podrían lograr; si Kamala Harris fuera más popular que él, Biden podría haber considerado retirarse. Pero ella no ha ganado fuerza ni terreno como vicepresidenta, y Biden lo sabe.

Otros presidentes han tropezado en los debates (el más reciente, Obama con Romney en el primer debate presidencial en 2012), pero ninguno como lo que le ocurrió a Biden el jueves por la noche. Su principal objetivo, y la apuesta de celebrar un debate tan temprano (todos los debates presidenciales se celebran después de que los candidatos hayan sido ungidos por sus respectivos partidos en las convenciones nacionales), era disipar las dudas de que es demasiado viejo y frágil para dirigir el país durante cuatro años más. Pero cuando necesitábamos al Biden que pronunció su discurso anual sobre el Estado de la Unión en febrero (y que, por cierto, reapareció al día siguiente del debate en un discurso en Carolina del Norte), el que apareció en Atlanta ante las cámaras de CNN fue un Biden radiante que reforzó esas dudas y estereotipos en lo que podría ser el evento más visto de la campaña de 2024. Si bien ese discurso posterior del viernes sugiere que todavía está en condiciones de gobernar y hacer campaña por el momento, el problema es que en el mundo de la política estadounidense, basado en el desempeño, donde la sustancia del debate también importa poco, los clips de prensa editados y manipulados refuerzan la percepción de que ya no parece estar a la altura de tal cosa. Trump da la impresión de ser al menos lo suficientemente vigoroso para hacerlo, incluso cuando divaga como lo hizo en el debate y es evidente que no está en condiciones de gobernar.

Lo que resulta especialmente doloroso de lo que ha sucedido con Biden es que, en muchos sentidos, ha sido un buen presidente. La mayor mentira que Trump soltó el jueves –rompiendo el techo de cristal de las mentiras y los bulos en un debate presidencial estadounidense– fue su retrato apocalíptico de un país en ruinas. La economía es fuerte, Washington está trabajando bien con un conjunto cada vez más cercano de aliados en Europa y Asia, y su dominio financiero, militar y de inteligencia global sigue siendo robusto, a pesar de una China en ascenso y una Rusia revanchista. Y Biden ha sido, a pesar de los signos obvios de declive físico y mental, un presidente eficaz, que delega en un equipo y un gabinete fuertes. También es, a diferencia de su rival, un hombre decente.


Cambiar de candidato en este punto también es un problema diabólico y plantea innumerables preguntas, empezando por el hecho de que, a menos que el vicepresidente se eche atrás, motu propio En el proceso de ser compañera de fórmula de Biden, hacer a un lado a una candidata que no parece competitiva podría generar una profunda crisis interna en el partido con el voto femenino y negro. Para hacer más complejo y precario el panorama, ninguno de los otros potenciales candidatos sustitutos tiene perfil y reconocimiento de nombre a nivel nacional, y cuando se les ha comparado en las encuestas (previas, por supuesto, al debate del jueves) con Trump, ninguno supera los números del presidente. Quizá la única excepción entre los potenciales nombres que se barajan sea Gretchen Whitmer, la exitosa y centrista gobernadora de Michigan, un estado que los demócratas tienen que ganar como sea en el Colegio Electoral, y que podría ayudar a recrear parcialmente esa coalición centrista, con independientes y republicanos anti-Trump, movilizando el voto suburbano (que es donde hoy se gana o se pierde la presidencia en EE.UU.) y las mujeres con ese gran tema de ariete que sigue siendo el aborto.

Gran parte de lo que ocurra en los próximos días –empezando por las encuestas que se publiquen tras el debate– determinará si Biden sigue con la candidatura. De momento, todo apunta a que él, su familia (sobre todo su mujer, que es quizá la única que podría convencerle de dar marcha atrás) y el equipo de campaña han decidido aguantar la embestida. Obama, los Clinton y otras figuras del partido le han apoyado de momento, buscando poner un cortafuegos al pánico colectivo que se desató –en el partido y en buena parte del país y del resto del mundo– el jueves por la noche. El presidente bien podría tener tiempo para recuperarse: la otra cara de la moneda detrás de la decisión de la Casa Blanca y la campaña de Biden de pactar un debate tan temprano en el calendario de la contienda era que, si se materializaba el escenario de un mal desempeño, faltarían más de cuatro meses para las elecciones, lo que normalmente es una eternidad en política. Sin embargo, el próximo debate (solo habrá dos) está previsto para septiembre y hay dos meses en los que la narrativa la marcará el debate del jueves.

Si el presidente tiene la fuerza y ​​la sabiduría de dar un paso al costado en los próximos días o semanas, los demócratas tendrán más de un mes y medio (el tiempo que tardan otras democracias de Europa en celebrar elecciones generales y campañas) para elegir a otro candidato antes de su convención en agosto. Pero hay que subrayarlo de manera inequívoca: en cualquiera de estos escenarios potenciales, todo encarna una posición enormemente precaria para Biden, para los demócratas y para una nación que podría estar al borde de la mayor crisis democrática que la república liberal estadounidense de pesos y contrapesos y separación de poderes haya conocido desde la Guerra Civil.

 
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