Entre la devoción y el odio – .

Entre la devoción y el odio – .
Entre la devoción y el odio – .

Hay dos temas que, cada vez que escribo sobre ellos y publico el artículo en las redes, generan un torrente inmediato de insultos: reggaetón y Joaquin Sabina. En cuanto al género musical latino, ya sabemos por dónde van los tiros: música percibida como infantil, banal, sexista. Pero ¿qué pasa con Sabina? ¿Por qué, apenas lo menciono, hay tantos ciudadanos honestos que necesitan hacerme saber que el autor de ’19 días y quinientas noches’ ¿Es lo peor que le ha pasado a la humanidad?

Se le acusa de muchas cosas, empezando por una cierta Postura progresista-bohemia lo cual no se corresponde con su condición de celebridad acomodada. Una crítica que, aplicada al pie de la letra, supondría la cancelación de la mayoría de las estrellas del rock, empezando por nuestro querido Bruce SpringsteenAh, sí, Sabina dijo que no se sentía “tan de izquierdas” como cuando era joven. Una confesión, hay que decirlo, que no contrasta demasiado con la evolución ideológica de buena parte de la gente corriente. En Cataluña, añadamos la aversión que despierta el independentismo: coqueteando con los ciudadanos.

Sabina es el blanco de los discursos antitaurino y está acusado de dar tratamiento Prostitución idealizada, romantizada y condescendiente. Vale, a mí también me repugna un poco la referencia al “corazón de cinco estrellas” de la protagonista de ‘La Magdalena’. Pero los tiempos cambian y ya sabemos que buena parte de la literatura universal no resistiría ciertos escrutinios actuales. Se insiste en que ya no tiene voz. Pues bien, si así fuera, no me parece grave: en la canción popular, y en la de un autor, pesa más el carácter interpretativo que alcanzar una determinada gama de tonos. Paco Ibáñez me sigue pareciendo apasionanteAunque no tiene el mismo impulso que en 1969.

Luego está su calidad poética, las famosas rimas. Las hay, pero también profundidades de desamparo emocional, soledad y, últimamente, envejecimiento. No me mueve ningún deseo de reparación (que Sabina no necesita) y en el pasado incluso me he identificado con algunas de las críticas. El gusto es nuestro último resquicio radical de libertad y, por supuesto, no hay que gustar a todo el mundo. Pero el caso de Sabina, tan extremo, de devoción y odio, confirma la ingenuidad de intentar separar, en el imaginario popular, al autor de su obra, al creador del personaje. Pretenderlo es perder el tiempo. Y Sabina volverá a llenar el Palau Sant Jordiuna o más veces, en esa gira de despedida que prepara para 2025.

 
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