Del honor al orgullo – Diario Córdoba – .

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Hasta principios del siglo XX, la vida estaba regulada por estrictos códigos de honor que introducían a las personas en un sistema de cosas supuestamente mejores: las ofensas debían ser compensadas de una manera precisa, el decoro se exigía como prueba de honorabilidad y los modales debían ser una medida de dignidad.

El honor animó muchos sistemas sociales antiguos en los que la profesión de la guerra ocupaba un lugar central. El declive del paradigma guerrero que sobrevino tras la Segunda Guerra Mundial y la aterradora amenaza que suponían las armas nucleares fue la última crisis que relegó el honor al archivo de las palabras antiguas. Vale la pena detenerse a pensar en la trascendencia de un hecho poco frecuente en la historia europea: después de De Gaulle no ha habido un solo jefe de Estado o primer ministro democrático de profesión militar en toda Europa occidental.

Por eso resulta difícil para quienes vivimos en las sociedades más igualitarias e informales de la historia percibir la exhaustiva clasificación de lo correcto y lo incorrecto que permeaba las mentalidades de todos los tiempos, especialmente entre las élites en el poder, ya fueran aristocráticas o burguesas. De hecho, para nosotros la idea misma de modales distinguidos implica un entorno de desigualdades vinculadas a diferencias de origen o de estatus.

La democracia comenzó por mostrarse reacia a cualquier tipo de diferencia formalizada, incluso la que se expresaba en modales. Y por eso los malos modales se celebraban como parte de los hábitos revolucionarios, como si la deferencia sofocara la inadaptación necesaria para transformar el mundo. Casi al mismo tiempo que los colonos y revolucionarios americanos repudiaban el uso de pelucas, el honor cedía paso al honor, y la honorabilidad de las sociedades antiguas se transformaba lenta pero decisivamente en la honestidad decente del hombre común.

Ciertamente, honor, honestidad e integridad tienen en su origen el mismo significado, referido a la calidad del hombre público, especialmente de aquel que ha ocupado cargos destacados. Pero en el camino del honor al honor se produce algo así como una democratización del honor a través de su extensión al conjunto de los ciudadanos, todos ellos elevados a la condición de hombres públicos en ese sentido.

Así, la modernización de las sociedades democráticas no consistió tanto en suprimir el honor como en universalizarlo bajo la forma del derecho de todos los ciudadanos al honor. Pero, como suele ocurrir, los beneficios nunca son del todo claros, y la objetivación del honor como derecho tendió a extinguir la antigua aspiración a merecer la distinción del reconocimiento por parte de los demás. Seguramente porque los ideales igualitarios de nuestras sociedades no toleran bien las distinciones, ni siquiera las meritocráticas. Así, el honor derivó hacia una sinonimia casi completa con la dignidad y el respeto que merecen todos los seres humanos, incluso aquellos que se comportan de manera deshonrosa, pero a quienes nadie se atrevería a privar de su dignidad humana.

Por otra parte, aunque a menudo pase desapercibida, hay en la honestidad una cualidad que la distingue del honor y que consiste en su forma verbal, honrar. Se trata, sin duda, de un verbo que ha caído en desuso y cuyo significado se ha vuelto oscuro. De hecho, quienes nacimos antes de la democracia seguramente recordamos una expresión que ya resultaba un tanto opaca en aquella época: honrarás a tu padre y a tu madre. En los años setenta y ochenta, los jóvenes ya no sabían exactamente en qué consistía esta máxima incluida entre los diez grandes mandamientos.

Sin embargo, la ciudadanía moderna no implica solamente la transformación del honor en un atributo general; consiste también en el derecho del hombre libre a honrar todo lo que considere valioso y meritorio, y a hacerlo como parte de su vida pública y en público. En realidad, la mayoría cívica reside en la capacidad de honrar lo que se expresa mejor en público y con la aspiración de obtener el acuerdo de los demás.

Honrar es siempre, pues, una manera de proponer lo que generalmente se aprecia como bueno y admirable. Por eso la capacidad de honrar está en la raíz de la capacidad de participar en la vida común. Pero hay una manera previa y quizá más decisiva de honrar que surge del propio modo de ser y de comportarse. Ese es el sentido con el que los mejores honran a sus padres, a sus hijos y a sus seres queridos y, en los casos más eminentes, a sus conciudadanos e incluso a la humanidad misma.

Esta forma principal del honor alcanza a los que nos rodean como una onda expansiva en el orden de las conciencias con los afectos correspondientes. Y aquí se hace plausible decir que somos honrados por aquellos que nos enorgullecen o son motivo de orgullo para nosotros. Así, el orgullo aparece en la línea de continuidad del honor mutado en su forma más contemporánea.

En nuestras sociedades, ya no se exalta ni se celebra el honor, sino que se celebra y se exhibe el orgullo. En este sentido, el paso de uno a otro compone una cierta historia interna de los individuos y de las sociedades: orgullo sin honor, o contra el honor y sus connotaciones morales y sociales. Sin embargo, hay muchas afinidades entre el honor y el orgullo, pues ambos tienen un eco emocional más explícito que el honor, y expresan una satisfacción consigo mismo que se quiere afirmar ante los demás, y cuyas formas enfáticas apuntan al narcisismo. Por supuesto, también se distinguen por el exhibicionismo de la modestia rígidamente tipificada en un caso, o por la exhibición desinhibida incluso de lo obsceno en el otro. Así, mientras que el honor exige la exaltación pública de ciertos rigores virtuosos, el orgullo exige la exaltación pública de los afectos y placeres privados.

Entre el honor y el orgullo, la modesta honestidad del hombre decente sin excelencias ni identidades enfáticas, se revela como un hábito del corazón –como diría Tocqueville– más cívico y capaz de generar sentido común entre ciudadanos con visiones plurales y hasta contrastantes, también sobre la preferibilidad del honor o del orgullo.

 
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