“Por ahora, puedo asegurarles que este es el final” – .

El cantante aragonés culmina su regreso a su ciudad natal en el último acto que se celebra en La Romareda antes de su remodelación

21:30 del 6 de julio de 2024. Los alrededores de The Romareda Respiran intranquilos, sabiendo que ésta será la última gran noche en el estadio donde una vez fueron felices. 22:00 horas 30.000 personas rugido dentro del antiguo gigante. Las campanas suenan y él aparece.Enrique BunburyComo si nunca se hubiera ido. Como si no hubiera pasado 7 años sin cantar en la ciudad donde se convirtió en leyenda. Y de repente, nada parece haber cambiado. Zaragoza vuelve a ser la cuna del rock español que fue en los 80 y él es el principal abanderado de ese movimiento. Su pelo al viento lo grita: “¡Soy Bunbury!”

El cantante “mañico” ha regresado a la capital aragonesa, a la capital de Héroes del silencioY lo hizo con su ritmo, con sus legendarias contorsiones y con un deseo desbordante, perceptible desde el primer segundo que pisó el escenario. No necesitó más para hacerlo suyo, y menos aún para conquistar el alma de todos los presentes. La Romareda latía al ritmo del corazón de Bunbury y estaba claro que él lo podía sentir.

“¡Buenas noches, Zaragoza!”, exclamó a los cuatro vientos tras un arranque fulgurante. “Es hora de cerrar puertas y para mí Es un honor ser el encargado de cerrar la antigua Romareda“, explicó un emocionado Bunbury a su público, consciente de la importancia de la fecha. El público acompañó las palabras del artista envuelto en una maraña de sentimientos. Triste por despedirse de su templo, pero feliz por reencontrarse con su Dios. Porque eso es Bunbury, un huracán imparable que parece incapaz de saciarse con el éxito.

Pero también era la noche de despedida de Bunbury. Varias personas alrededor del estadio hablaban de ello, con la ligera esperanza de poder convencerle. Pero la decisión estaba tomada: “Hace dos años pensé que esto no iba a volver a pasar, que no podría volver a cantaros, que no podría hacer lo que hacemos nosotros, que es pasarlo bien. No puedo garantizar que éste no sea el primero de muchos, pero lo que sí puedo decir es que, de momento, es el último concierto”, explicó un emocionado Bunbury, que siguió con su energía inquebrantable durante todo el espectáculo.

Equipado con su pañuelo rojo, su camiseta negra de manga corta y su ajustado pantalón negro decorado en los laterales, el zaragozano volvió a demostrar su preocupación por no caer en las trampas de sus canciones más antiguas. Así que se dedicó a repasar las canciones más famosas de sus últimos años como “Cuna de Caín”, “El rescate” o “Hombre de acción”, en un repertorio idéntico al que interpretó hace apenas una semana en el Wizink Center de Madrid, donde también colgó el cartel de “entradas agotadas”.

Pero daba igual, el público amaba a Bunbury, hiciera lo que hiciera, cantara lo que cantara. Bueno, quizá no tanto, porque cuando llegó “Apuesta por el rock’n’roll”, la tierra parecía que se iba a abrir con cada caricia que daban a la guitarra los maestros Álvaro Suite y Jordi Mena, siempre a la altura del inagotable talento de su líder.

Un simple aviso de lo que estaba por llegar. Bunbury se dejó tocar por sus fieles mientras interpretaba “De todo el mundo”, que fue coreado como un auténtico himno por todo el estadio, antes de mostrar a todo Zaragoza el ejemplo más claro del significado de la palabra éxtasis. “¡Sí, sí, sí!”, gritaban los asistentes más próximos a la zona de prensa. Sonaron los acordes de “Entre dos tierras” y Héroes del Silencio volvió al escenario. No de manera literal, eso parece un sueño imposible, pero con Bunbury y sus brazos al cielo, que lanzaba cada una de las estrofas a la constelación aragonesa, fue suficiente. Este ha sido su granito de arena en el inicio del derribo de La Romareda. Nada mal.

El espectáculo estaba llegando a su fin y para entonces ni siquiera Bunbury se acordaba de sus problemas de voz. Lo había entregado todo al lugar donde se convirtió en leyenda, a la gente que lo alzó hasta los cielos. “Adiós”, proclamó. Nunca antes las palabras habían dolido tanto en Zaragoza y por eso las 30.000 personas se negaban a abandonar las gradas. Querían un último regalo a la música… y lo iban a recibir. El artista volvió al escenario entre los cánticos del público. Les iba a dar más.

A sus 56 años se subió a la reja, elevándose por encima de los mortales, y tocó “Maldito duende”. La canción perfecta en el momento perfecto. Una despedida ideal. “Eso es todo, amigos, ha sido un placer cantar para ustedes esta noche”. El placer ha sido nuestro, Enrique.

 
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