«Iba a ser notario pero ser sacerdote me ha llenado mucho más durante estos 27 años» – .

Francisco Román, Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y catedrático de Derecho Canónico, es muy conocido en Sevilla por ser párroco de La Magdalena, una de las parroquias más queridas de la ciudad, situada en pleno centro de la ciudad, y que ha enfrentado una espectacular restauración de su templo. “El turismo ha vuelto con toda su fuerza a Sevilla tras la pandemia, para bien y para mal”, comenta este cura que cambió la toga por la de clérigo con 23 años y que fue nombrado delegado de Patrimonio hace menos de un año. del Cabildo de la Catedral de Sevilla.

-¿Cuándo supiste que querías ser sacerdote?

-La mía fue una vocación tardía. Estaba terminando Ley cuando de repente comencé a considerar el llamado del Señor. En todo ese discernimiento me ayudó mucho un sacerdote llamado Don Juan del Río. Fue mi director espiritual y me recomendó terminar Derecho antes de dar nuevos pasos. Me dijo que había que cerrar bien las etapas de la vida. Tenía 23 años y siempre había sido una persona religiosa, con momentos de mayor cercanía y otros de más distancia, quizás en la adolescencia. Pero mi vocación sólo fue posible gracias a mi entorno familiar. Mis padres me enseñaron “Jesusito como yo” y “Cuatro rincones” y ahí empezó una historia en la que han participado muchas personas.

-¿Había algún sacerdote en tu familia?

-No. Yo fui el primero, nunca ha habido sacerdotes o monjas, al menos, que yo haya oído hablar. Nunca se me ocurrió la posibilidad de ser sacerdote, pero a los 22 o 23 años percibí ese llamado.

-¿Y fue fácil decidirse?

-No. Fue una lucha terrible porque en aquella época, por decirlo coloquialmente, ser sacerdote no me convenía. Ya había empezado a prepararme para una oposición a Notarios y tenía mi vida configurada de otra manera. Cuando me convencí de que esto era lo que Dios quería para mí, tomé una decisión. Y llevo allí 27 años.

-¿Y feliz?

-Sí demasiado. No puedo imaginar mi vida de otra manera que la de un sacerdote. Me ha aportado mucho.

-El sacerdocio no es una de las salidas socialmente más reconocidas para los jóvenes. Al menos en este momento…

-Antes tampoco. Un familiar me dijo que el sacerdocio no era una profesión exitosa pero que esto no es una profesión sino una vocación. No es sólo el ámbito laboral sino también el existencial, hacia donde quieres encaminar tu vida. No trabajo como sacerdote, es solo que soy sacerdote.

-En Sevilla se están perdiendo vocaciones.

-Sí, tenemos un problema. Pero en Sevilla y en toda la Iglesia en el resto del mundo. Estamos viviendo un importante proceso de laicidad. Y cuanto menos vida cristiana, menos vocaciones. La pérdida de valores es un fenómeno global. No hay vocaciones sin una fe fuerte porque al final hay que confiar en el Señor.

-¿No resulta paradójico que las cofradías sean cada vez más fuertes y numerosas en Sevilla, mientras apenas hay en la ciudad gente que quiera ser sacerdote?

-En Sevilla la fe no se entiende fuera de las cofradías. Y tiene un impacto en muchas personas en su vida cristiana. Es que no toda la vida de las cofradías es vida estrictamente cristiana. Si pensamos en un árbol de Navidad, necesariamente debemos contar con las bolas, oropel y adornos, que sean estéticamente atractivos. Sin ellos no tendríamos un árbol de Navidad sino un abeto. Pero si no tenemos el árbol, sólo nos quedarían algunos adornos. Si no hay sacramentos, palabra de Dios, catecismo, celebraciones, caridad, entonces no hay árbol. Y luego nos quedamos con una caja llena de oropel.

-¿Las cofradías serían sólo un adorno?

-No. Y menos en Sevilla, donde tienen un carácter de esencialidad, pero deben tener la vida cristiana detrás porque si no, eso se desmorona. Hoy vivimos un auge de la religiosidad popular que podría definirse como una pompa juvenil. Es muy bonita, brilla cuando le da la luz, pero tiene el peligro de que cuanto más crece más débil es. Porque cualquier cosa es suficiente para que todo caiga. Es necesario que esa pompa de jabón crezca sólidamente. A veces crecer demasiado, en lugar de darte fuerzas, te da debilidad.

-¿Es usted un defensor de la religiosidad popular?

-Por supuesto. La Iglesia de Sevilla estaría mucho más triste si no tuviéramos las cofradías. La religiosidad popular tiene cosas hermosas y, además, muy importantes, porque a través de ella llegamos a personas quizás con una vida religiosa débil a las que seguramente no llegaríamos de otra manera. Es el puente para llegar a ellos. Otra cosa es que intentemos mejorar esa vida religiosa después.

-¿Pero no hay cierta contradicción entre este auge de la religiosidad popular y la falta de vocaciones?

-Soy absolutamente procofradías pero eso no me impide ver esa contradicción. No puede ser que tengamos cada vez menos vida cristiana y cada vez más vida de religiosidad popular. Habrá que ajustar algo.

 
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