Adicción al sexo, un laberinto con salida

«El sexo se ha convertido para mí en una fuente de dolor y sufrimiento. Tantos años buscando compulsivamente algo que fuera bueno y placentero, y que ya perdió todo su valor… Empecé con la pornografía, pero no fue suficiente. Luego vinieron la prostitución, las cámaras web sexuales y las saunas. Hoy por suerte estoy aquí pidiendo ayuda y con ganas de salir de esta para siempre. “El sexo ha destruido mi vida, mi matrimonio y mi carrera profesional”.

Luis, 35 años.

Luis se encuentra entre el 8% de hombres de la población mundial que sufren de falta de control en su vida sexual. El porcentaje de mujeres afectadas por estas dificultades es menor y ronda el 2% de la población general.

Para los profesionales de la salud sexual, esta es una demanda cada vez más habitual en las consultas de sexología. A pesar de los avances en el conocimiento de esta patología, sigue siendo un tema de estudio y debate con muchos aspectos.

El nombre oficial: trastorno de conducta sexual compulsiva

Es común escuchar, coloquialmente, la etiqueta “adicción sexual”. Sin embargo, desde un punto de vista científico es un término obsoleto. La forma de referirse al problema que presentan pacientes como Luis ha evolucionado mucho en la última década. Se han utilizado términos como trastorno hipersexual, conducta sexual compulsiva, adicción al sexo, adicción al cibersexo o uso problemático de la pornografía, entre otros. Muchas veces se referían al mismo problema, mientras que otras intentaban explicar matices de pacientes muy heterogéneos.

Después de mucha disputa, finalmente se llegó a un acuerdo en 2019. La Organización Mundial de la Salud decidió incluir el diagnóstico de trastorno de conducta sexual compulsiva (TCC) en la undécima edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) como un trastorno caracterizado como “ un patrón persistente de incapacidad para controlar los impulsos sexuales intensos, lo que resulta en comportamientos sexuales repetitivos.

Para llegar a este diagnóstico se deben cumplir varios criterios:

– Conductas sexuales repetitivas que se convierten en el foco principal de la vida de la persona, hasta el punto de ser negligente con su salud o con la atención de otros intereses, actividades o responsabilidades.

– Que el paciente reconozca haber realizado numerosos esfuerzos infructuosos para controlar o reducir significativamente su conducta sexual.

– Que continúen manteniendo conductas sexuales a pesar de las consecuencias adversas (ruptura de relaciones, impacto negativo en la salud, el trabajo, la ocupación, etc.).

– Mantener una conducta sexual incluso cuando de ella se deriva poco o ningún placer.

Además, estos síntomas deben causar malestar o deterioro significativo durante un período prolongado de al menos seis meses. Si este malestar está relacionado únicamente con juicios morales y desaprobación moral sobre impulsos o comportamientos sexuales, no sería suficiente para hacer un diagnóstico de TCSC.

¿El problema es sexo o pornografía?

Dentro del TCSC existen numerosas conductas que pueden provocar malestar a la persona: masturbación compulsiva, consumo de pornografía, relaciones sexuales consentidas con adultos, cibersexo, webcams, chats sexuales y asistencia a clubes de prostitución, entre otras. Sin embargo, aproximadamente el 80% de los pacientes que buscan ayuda a través de TCSC tienen problemas para controlar su consumo de pornografía, lo que nos hace sospechar que este es el principal problema en el que debemos centrarnos.

Por ello, el término “uso problemático de la pornografía” (UPP) está en auge y es una entidad reconocida en investigación y con gran respaldo científico. Algunos expertos han propuesto a la UPP como una entidad independiente del TCSC, incluso con criterios e instrumentos de evaluación específicos.

Consumir porno tiene consecuencias, pero no siempre es un uso problemático

Alrededor del 97% de los adolescentes varones han consumido pornografía durante el último año, y alrededor del 80% de las niñas también la han visto. Sin embargo, no todos los adolescentes acaban desarrollando una UPP. Estudios internacionales que han realizado encuestas con más de 15.000 participantes identificaron que sólo entre el 3 y el 8% de ellos tenían un uso problemático.

La UPP se caracteriza por un consumo muy frecuente y compulsivo de pornografía, descontrolado y persistente, a pesar del malestar que provoca o de las consecuencias negativas asociadas.

Además, la descripción y evaluación del uso problemático de la pornografía se basa en criterios relacionados con la adicción comportamental:

– Prominencia: la pornografía tiene gran importancia o protagonismo en la vida de una persona.

– Regulación del estado de ánimo: la pornografía sirve como fuente de regulación de emociones desagradables o como refugio emocional.

– Recaída: la persona intenta dejar de fumar repetidamente y fracasa.

– Abstinencia: irritabilidad o cambios de humor cuando no hay pornografía.

– Tolerancia: se necesitan cantidades cada vez mayores para experimentar los mismos efectos.

– Conflicto: produce consecuencias en distintos ámbitos de la vida de la persona.

¿Qué dice la neurociencia sobre esta patología?

La evidencia científica respalda cada vez más la consideración del TCSC como una adicción conductual, con anomalías neurobiológicas similares a otras adicciones.

En concreto, en 2014 se realizó el primer estudio que comparaba un grupo control con un grupo de sujetos que consumían pornografía de forma compulsiva. Los autores concluyeron que la pornografía afectaba al cerebro de forma similar a la cocaína o la heroína.

Además, presentaron la primera imagen (fMRI) de alteraciones estructurales en el sistema de recompensa y áreas relacionadas en sujetos con consumo compulsivo de pornografía, en comparación con sujetos sanos.

Por si fuera poco, una revisión sistemática de 2022 demostró que existen diferentes alteraciones neurobiológicas asociadas al TCSC como el aumento de la conectividad funcional entre la circunvolución frontal inferior izquierda y el plano temporal y polar derecho, la ínsula derecha e izquierda, la corteza motora suplementaria derecho y el opérculo parietal derecho. Y confirman las similitudes a nivel neurobiológico entre el trastorno de conducta sexual compulsiva y la adicción a las drogas y al alcohol.

Revisión sistemática de alteraciones en la conectividad funcional del TCSC. PreSMA: Área motora suplementaria; VStr: Estriado ventral; vmPFC: corteza prefrontal ventral-medial; IFG: Giro Frontal Inferior; dACC: corteza cingulada anterior dorsal; STG: Circunvolución temporal superior; dlPFC: corteza prefrontal dorsolateral.

Algunas de las críticas al modelo adictivo señalan que ciertos elementos característicos de las adicciones a sustancias, como la tolerancia y la abstinencia, no se han demostrado consistentemente en el caso del TCSC.

Sin embargo, las últimas investigaciones muestran que alrededor del 70% de los pacientes con UPP muestran síntomas de abstinencia, como pensamientos difíciles de detener, problemas para dormir e irritabilidad. Un estudio reciente también muestra que la tolerancia es un factor presente en la UPP en adolescentes, principalmente en niños.

Sin duda, hay muchas preguntas que la comunidad científica necesita resolver sobre TCSC. Lo que parece indiscutible es que se trata de un laberinto con salida: muchas personas ya han dejado atrás estas conductas problemáticas gracias a la ayuda psicoterapéutica.

Este artículo, en el que también han participado Alejandro Villena Moya, Investigador en las consecuencias del consumo de pornografía, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja y Carlos Chiclana Actis, Profesor asociado, Universidad CEU San Pablo, ha sido publicado en ‘La Conversación’.

 
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