Leila Guerriero: Lectura en parejas

Leila Guerriero: Lectura en parejas
Leila Guerriero: Lectura en parejas

El otro día, en la cena, un amigo me dijo que había pasado horas leyendo en silencio con su pareja y que esta situación lo había enamorado más que cualquier otra cosa que hubieran hecho juntos. Mi padre y yo leemos así. Los dos sentados en el sala de estar, cada uno con su libro. Nunca lo interrumpía pero él sí lo hacía a veces, para decir: “Escucha esto” o “este libro me recuerda a tal y tal”. Ese breve momento, la forma en que levantó la vista y dijo “escucha”, nos hizo converger en…

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El otro día, en la cena, un amigo me dijo que había pasado horas leyendo en silencio con su pareja y que esta situación lo había enamorado más que cualquier otra cosa que hubieran hecho juntos. Mi padre y yo leemos así. Los dos sentados en el sala de estar, cada uno con su libro. Nunca lo interrumpía pero él sí lo hacía a veces, para decir: “Escucha esto” o “este libro me recuerda a tal y tal”. Ese breve momento, la forma en que levantó la vista y me dijo “escúchame”, nos hizo converger en un espacio que no era ni suyo ni mío, sino de los dos. Un momento fugaz, cromado de generosidad, de siembra. Me gustó esa navegación profunda, todo el amor burbujeando entre los dos sin complicaciones, dos vidas distintas que se acompañan como pueden. Imagino que el amor, cualquier amor, es eso. Una navegación en solitario con un punto en común, de vez en cuando. La ilusión de la compañía que, al final, es compañía. Cuando se cansaba de leer, mi padre decía: “Está bien, vamos a hacer cosas”. Todo lo que hicimos después —carpir, regar el césped— lo hicimos bruñidos por nuestro secreto silencio, nuestra necesidad de estar juntos, nuestra querida desesperación. El mundo era una materia que habíamos domesticado, un animal tierno y engañoso que nos susurraba que todo lo que imaginábamos, todo lo que los libros habían encendido en nosotros, sería posible. En parte lo era. Algunos sueños se hicieron realidad. Otros se derrumbaron solos. En mi caso, las que luego descubrí que nunca había querido. En el caso de mi padre, no. Muchos de sus sueños estaban crudos, sin terminar. Nunca hablamos de eso. Él me ve en vivo. Dice que es suficiente para él. Insisto en mi torpe intento de contagiarlo de brillantez, irreverencia, deseo, todo lo que me inoculó en dosis masivas. Es imposible, porque nadie salva a nadie, porque todos nos salvamos, pero lo seguiré intentando. Hasta que la realidad se imponga. Hasta la derrota final. Y aún después.

 
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