¿Por qué hay tantos libros sobre jardines y bosques? – .

¿Por qué hay tantos libros sobre jardines y bosques? – .
¿Por qué hay tantos libros sobre jardines y bosques? – .
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¿Qué fibra tocan? El principal, coinciden quienes exploran la vena – del neurobiólogo italiano stefano mancuso (‘El futuro es vegetal’, ‘La nación de las plantas’ o ‘La planta del mundo’), al filósofo Byung Chul Han (‘Vida contemplativa’ y ‘Loa a la tierra’), pasando por el antropólogo eduardo kohn (‘Cómo piensan los bosques’) o el filólogo Marco Martella (“Un mundo pequeño. Un mundo perfecto”), por ejemplo–, es la necesidad de abandonar la (destructiva) posición central que ocupamos en la naturaleza. El contacto con el vegetal nos permite experimentar otras formas de relacionarnos con la tierra y con los demás habitantes del planeta.

Plantar es plantarse a uno mismo

“El jardín es uno de los pocos símbolos sagrados que aún perduran en un mundo secularizado”, dice. Beruete. Una imitación del paraíso perdido. Pero también señala, “el simple gesto de plantar es un acto de resistencia, de insubordinación. Sembrar no es más que una forma de plantar cara al consumismo compulsivo, al frenesí del ‘siempre más’”. Y no hace falta tener hectáreas. Los huertos urbanos e incluso las macetas de balcón merecen la pena. personas: “los que ven la Tierra como un espacio de consumo y explotación, y los que tienen concepción de jardinero, que la ven como un espacio que debemos cuidar”, aventura.

“El jardín es uno de los pocos símbolos sagrados que aún sobreviven en un mundo secularizado” (Santiago Beruete)

Los jardines y huertas se convierten así en una escuela de valores éticos: paciencia, humildad, tenacidad, esperanza, gratitud”. Ellas, las plantas, ante un problema, no tienen el recurso de salir a patadas. Colaboran entre sí para encontrar la solución. “Es una resiliencia vegetal que podríamos hacer nuestra”, dice Beruete y es algo que también subraya el neurobiólogo Stefano Mancuso, quizás el mayor defensor de la inteligencia vegetal, en cuyo laboratorio ha comprobado que las plantas son “conscientes” de lo que es. sucediendo en su cuerpo y fuera. “La idea de que el hombre es superior a un helecho es estúpida –subraya el italiano–. Si en la vida el objetivo es la supervivencia de la especie, el homo sapiens lleva aquí 300.000 años y la media de vida del resto de seres vivos es de 5 millones. ¿Quién es superior?

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Oportunidad de repensar

En esta línea, en otoño Seix Barral publicará en castellano ‘Planta sapiens’, del profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia Paco Calvo, director del MINT Lab (Laboratorio de Inteligencia Mínima, especializado en Filosofía de las Ciencias Cognitivas y Neurobiología Vegetal) de la Universidad de Murcia. “Cuanto más estudiamos las plantas en el laboratorio, más veo que lo importante no es ni cerebral ni intracraneal“, señala. Solo que no pudimos deshacernos de la visión antropocéntrica. “Eso nos impide apreciar que lo que les interesa no tiene por qué tener nada que ver con lo que creemos que les debe interesar. Gracias a las plantas podemos repensarnos”, invita.

y el filosofo Michael Marder, investigador de la Universidad del País Vasco y autor de ‘El vertedero filosófico’ (Ned Ediciones) va más allá. “Cuando miramos la base del alma humana, en el fondo encontramos la planta”, dice. Marder dirigió su mirada al ‘De anima’ de Aristóteles, que decía que el alma vegetal –responsable de las funciones elementales de la vida: nutrición y alimentación– está en todos los seres vivos, pero desde Platón, la filosofía se ha preocupado sólo por lo inmutable, por lo que permanece. “Lo más asombroso es que hemos dado cuerpo a esos locos sueños de los filósofos, como los plásticos o los residuos nucleares, que se han convertido en la pesadilla ambiental”, razona. Sería hora, dice, de darle un giro a la metafísica occidental.

“Cuando miramos a la base del alma humana, en el fondo encontramos la planta” (Michael Marder)

En este sentido, Emanuele Coccia, autor de ‘La vida de las plantas’ (Miño y Dávila), señala que una planta no solo almacena en su cuerpo la energía solar que da vida a los animales, también la da el desecho de su existencia (oxígeno). “Se entregan al otro y viven con el resto sin dominarlo”, añade Marder. “La relación fundamental que define el vínculo entre lo humano y lo no humano ya no debería ser la caza, el pastoreo o la agricultura, sino una cierta forma de jardinería”, propone Coccia.

 
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